Pilsner no es sinónimo de cerveza rubia: la diferencia importa

La historia de Pilsen explica por qué una cerveza clara puede tener tanta profundidad como una oscura.

Pilsner no es sinónimo de cerveza rubia: la diferencia importa

La palabra Pilsner se usa con tanta libertad que a veces termina significando simplemente cerveza rubia. Es una lástima, porque el estilo nació en Plzeň, Bohemia, en 1842, y su verdadera gracia está en el equilibrio: maltas claras, fermentación limpia, amargor elegante y aroma de lúpulo suficiente para no parecer agua con gas amarilla.

La Pilsner original fue una respuesta a cervezas turbias y de calidad irregular. El agua blanda de la zona, el malteado claro y el lúpulo Saaz permitieron producir una cerveza dorada, brillante y refrescante que cambió la industria. El color fue la novedad visible; la precisión del conjunto fue la revolución real.

También conviene distinguir entre una Pilsner checa y una Pils alemana. Comparten familia, pero la checa suele mostrar una textura más redonda y un amargor más floral, mientras que la alemana tiende a ser más seca y cortante. No son mejores ni peores: son dos maneras de demostrar que la sutileza también puede ser intensa.

Don Lúpulo propone servirla en vaso y esperar unos segundos antes de juzgarla. Si aparecen pan fresco, hierbas y un final amargo que pide otro sorbo, ya entendiste por qué este estilo merece algo más que el apellido rubia.

Recomendación de Don Lúpulo: Kross Pils

— Don Lúpulo

Ex-Styrian Golding · Crítico independiente · Santiago de Chile
Sobre Don Lúpulo

Don Lúpulo nació técnicamente en los valles del Tirol, como un humilde cono de Styrian Golding dentro del maletín de cuero del Profesor D'Agusto E'Iniano — Specialista in Apicoltura e Dottorato in Regali Pubblicitari de la Università del Favol di Torino, Piemonte, Italia —, quien en uno de sus estudios sobre fermentación apícola había reunido una colección de lúpulos europeos de primera categoría. El profesor viajó a Chile por negocios de apicultura. El cierre del maletín no viajó muy bien.

En la cinta de equipajes del aeropuerto de Pudahuel, Don Lúpulo aprovechó su momento, rodó discretamente por el terminal y desapareció en Santiago con la tranquilidad del que no tiene visa pero tampoco tiene apuro. Lo que encontró fue una escena cervecera artesanal joven, honesta y llena de potencial. Recorrió cervecerías de norte a sur, aprendió chilenismos, olió fermentaciones, tomó notas. Nunca más pensó en volver a Europa.

Hoy comparte desde Chile todo lo que sabe: curiosidades, consejos, historia y opiniones sin filtro sobre el noble arte de la cerveza. El Profesor D'Agusto sigue sin saber dónde fue a parar ese lúpulo. Probablemente lo supone.

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